PRÓLOGO
Es este un libro muy deseado por mí, por varios motivos; es un compendio de lo que llevo escribiendo en relación a esta apasionante materia desde hace décadas. Desde que dejé mis incipientes investigaciones ornitológicas y ecológicas y dejé de ser un proyecto de científico. Puede decirse que por fin las recojo, ordeno y pongo a salvo. Siempre he tenido miedo a perderlas. A lo mejor no son demasiado valiosas todas estas elucubraciones, pero puede ser que a alguno de mis admirados antropólogos, genetistas y demás científicos que investigan sobre el ser humano les sirva de algo, aunque sólo sea para extraer alguna pequeña idea para llegar a algo, aunque sea mínimo, en sus complejos estudios. También para todas las personas a las que como a mí les apetezca recapacitar sobre nuestra sustancia.
Elegí como título "El animal que imagina", como podría haber elegido "El animal que habla" pero ya existía alguna obra con este último. La idea era la de buscar algo definitivo que identificara nuestra mayor maravilla, nuestro profundo ser interior.
Una frase resume muy bien la intención o mejor dicho, la razón de ser de este libro: "Conócete a tí mismo". Es tan antigua, algo tan trillado, que casi podría tildarse de lugar común, pero es tan certera esta frase, que a lo largo de los siglos, desde Sócrates y seguramente antes, a muchos nos ha apasionado esta necesidad de saber de nosotros. Ciertamente somos las personas algo tan complejo y misterioso que indagar en ello es un pasatiempo de lo más productivo y esclarecedor; y profundo también. Podemos conocernos y entender nuestras reacciones, nuestras debilidades, nuestras miserias, nuestras emociones, nuestra resistencia.
Otra frase que siempre me ha maravillado es esa tan famosa de Shakespeare: "Somos de la materia de que están hechos los sueños", sería algo que me tatuaría si creyera en los tatuajes, pero he preferido desgastarla pensando en ella y alcanzar a acariciar nuestra sustancia más íntima; esa materia de que estamos hechos... ¿energía, reacciones químicas?
La primera obra sobre antropología que leí allá por 1989 fue "El mono desnudo", del zoólogo Desmond Morris. Una obra pionera que me pareció apasionante. Me fascinó. Yo especializándome en zoología y resulta que tenía un animal digno de estudio tan cerca de mí; yo mismo. Y muchos otros rodeándome (todos vosotros). Después empezaron los emocionantes descubrimientos de Atapuerca en Burgos y oí hablar de Juan Luis Arsuaga, el alma mater de aquellos trabajos paleoantropológicos... Conocí al profesor Arsuaga en una charla en Badajoz cuando aún yo era un proyecto de científico y quedé prendado de él; he leído todos sus libros y le he perseguido por todos los medios de comunicación. En la Bibliografía expongo también muchos de los libros de otros autores que he leído y que me han inspirado. Por ello este libro no pretende ser ningún tratado, aún soy consciente de que no tengo ni capacidad ni preparación para ello, ni siquiera ambición ni fuerza para semejante empresa.
Algunos de los asuntos que trato son muy controvertidos en la actualidad: las razas, la identidad de género, la discapacidad.... por eso quiero dejar claro en primer lugar que cuando hablo de "lo normal", que a mucha gente ofende el uso de este término, hablo en términos estadísticos; la normalidad estadística se refiere a "lo más abundante", lo que más se da en una población (en su acepción estadística también). Lo normal no es ni malo ni bueno, es simplemente lo más abundante. Yo mismo creo que no soy normal en algunos de mis aspectos físicos o psíquicos (y me fastidia, pero no pasa nada).
He decidido dedicar este libro a la memoria de mi tía Márgara y de mi madre, Geli, recientemente fallecidas. A Margarita Gallego Mendoza, que nos dejó casi con cien años, porque ejemplifica muchos de los rasgos más hermosos que tenemos como humanos y animales; mí tía ha sido otra madre para nosotros, incluida para mi propia madre, como me expresó, de una forma sorprendente para mí, ella misma cuando mi tía se despidió de nosotros. Una tía es biológicamente lo más parecido a una madre, y ella además ha sido una mujer fuerte, luchadora, preclara, mordaz y hasta tirana en la defensa y el orden de los suyos, tanto como para llegar a odiarla cuando yo era un adolescente y tenía que ser domado. Pero Márgara también ha sido, sobre todo, la persona más generosa que he tenido el inmenso placer de conocer. La dedicatoria a mi madre no hay que explicarla tanto, las madres son obvio material vivo digno de dedicarle todo cuanto hacemos. La mía fue muy dulce y graciosa, que se lo digan a sus nietas y nietos, que nos lo digan a todos.
Arturo López Gallego


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